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    portada La novia del Gaucho
    Formato
    Libro físico
    Editorial
    Categoría
    Novela y narrativa
    Idioma
    Español
    N° páginas
    80
    Encuadernación
    Rústica
    Isbn
    8489371849
    Isbn13
    9788489371842

    La novia del Gaucho

    valentin de la villa · UNKNOWN

    Imagen cargando detalle producto
    Libro Nuevo

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    • Estado: Nuevo
    Origen: España (Costos de importación incluídos en el precio)
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    Reseña del libro

    LA NOVIA DEL GAUCHO ...Buen mozo era el gaucho y lógico el efecto de cordial simpatía que despertaba. Era alto, usaba larga cabellera, cuyos bucles caían divididos en sus hombros; en su boca se dibujaba una eterna sonrisa de bondad y brillaban sus negros ojos con expresión de inteligencia y altivez. Vestía con desenvoltura y arrogancia el traje nacional: un chiripá de paño negro, sujeto a la cintura por un tirador cubierto por monedas de plata, y del cual pendía, al alcance de la mano derecha, una lujosa daga con empuñadura de plata. Completaban su atavío las botas altas, con espuelas de plata; el saco de paño negro; el pañuelo de seda, enrollado con gracia al cuello, y el clásico sombrero de anchas alas.Al entrar en el rancho donde se celebraba la fiesta fue recibido con un saludo de satisfacción, por tratarse del mejor payador del contorno. El amigo, don Gregorio, dueño del rancho, le ofreció una silla a su lado, y Vicenta, la hija de don Gregorio, le ofreció el mate de bienvenida.Era un hombre paisano aquel don Gregorio, y era una hermosa muchacha aquella su hija Vicenta. ¡La viera usted a la moza, amigazo! Criollita más bien plantada no pudo verse. Blanca de piel, mórbida de carne, dulce de expresión, teníasela por la más linda "chinita" de Matanzas. Y era, naturalmente, la más admirada y más deseada de todas.Al aceptar Julián el mate que le ofrecía Vicenta, las manos de uno y otro se rozaron, se encontraron los ojos y quedaron un momento mirándose y sonriéndose. Julián, el joven gaucho que anduvo separado siempre de bailes y farras, sintió una emoción extraña que le paralizó un instante el corazón. No supo darle las gracias por el obsequio ni dirigirle un galante cumplido; pero algo debió comprender la paisanita en los ojos del gaucho, por cuanto bajó los suyos con presteza, a la vez que sus carnosas mejillas sentía afluir toda su sangre.Rogaron a Quiroga que cantase, y éste no se hizo repetir la súplica. Tomó su guitarra, preludió con la característica melancolía que todo gaucho pone en sus canciones y la gente saludó la decisión de Julián con un aplauso, disponiéndose a escucharle con profundo recogimiento.Durante largos minutos estuvo el payador recorriendo el diapasón de la guitarra en vagos preludios y acordes inconscientes. Por fin aquéllos se fueron fundiendo, los acordes se fueron armonizando y la guitarra rompió en uno de esos estilos tristes en los que el gaucho vierte toda su ternura.Julián tocaba conmovido. Había agobiado la cabeza y meditaba profundamente. Alzó la frente luego, entornó los ojos como para concentrar sus pensamientos en un punto lejano y su voz bien timbrada cantó con dulce melancolía unas décimas que expresaban la desesperanza de su vida y eran una queja contra su destino.Los paisanos le oyeron con recogimiento, con emoción también. Cuando terminó estalló una tempestad de aplausos, y la misma Vicenta, la "chinita linda". la más codiciada criolla de aquellos pagos, se acercó para ofrecerle una copa de pulcuy, profundamente interesada por la tristeza de Julián, gaucho de verdadera belleza varonil, tenido por uno de los más bravos y sobre el que pesaba la amargura de una historia de sangre.Al aceptar la copa, los dedos del gaucho volvieron a rozar levemente la mano de la paisanita, y de nuevo se encontraron las miradas...Otra vez tomó Julián, su guitarra, y ahora, sin esperar a que se lo pidiera nadie, preludió en un tono brillante, en un aire parecido al de las seguidillas, y sin quitar los ojos de Vicenta cantó una "milonga" apasionada, que era una embozada declaración de amor. La paisanita bajó los párpados y a sintió, como al prncipio, que toda su sangre afluía a sus mejillas. Aplaudieron también los que escuchaba, y Julián, animado por los aplausos y especialmente por la actitud de Vicenta, se disponía a entonar una nueva canción, cuando don Francisco, el juez de paz del partido, se dirigió a él con gesto de violenta decisión:-¡Basta de chichoneo, amigazo! Aquí no hemos venido sólo a oirte cantar, y vos sos capaz de corcoviarnos hasta la Pascua si no te mandamos meter el violín en la bolsa. La reunión quiere bailar y hay que dar a cada cual lo suyo. V e nga un pericón o un tango, que yo mesmo he de bailar si quiere obsequiarme la paisanita linda.La grosería de don Francisco dejó por un momento a todos silenciosos y admirados. No son cosa extraordinaria las intemperancias de un juez de paz, que, como dijimos, se caracteriza por los atropellos y abusos que comete en su distrito; pero Julián era un mozo tan estimado por todos, era tan buen payador y el exabrupto del juez era tan intempestivo, que nadie hubiera acertado a explicárselo.Instintivamnte Julián se puso en pie y echó la mano a la espalda buscando la empuñadura de su facón. Pero Vicenta, la única que comprendía el motivo del insulto, rápidamente se puso en medio de los dos hombres, y apoyando su mano en el brazo del bravo gaucho, le dijo junto con expresión de pasmo y de amor:-¡Por Dios!...Don Francisco, mirando altivamente al bravo mozo, so n reía desafiándole. El joven gaucho, al que había bastado la súplica de la paisanita para que por su imaginación cruzara la imagen de su padre con su historia de persecuciones y de sangre, separó la mano de la empuñadura del facón y cerró los ojos para no ver la insultante sonrisa del juez de paz. Y ya las vihuelas iniciaban un tango, y ya J ulián iba a volver a su asiento, densamente pálido, pero silencioso, cuando oyó a la linda paisanita decir con suavidad a su rival:-Con usted, don Francisco, ya bailaré otras noches, y como el amigo Julián viene hoy por primera vez... Si usted no ha de tomarlo por la mala...-Vos podés bailar con quien querás -dijo rápidamente el juez para no dejar ver el efecto que el desaire le causaba-. Mi deseo era sólo que este amigazo no nos rebotase más con sus macanas. Me es igual bailar con vos o con una silla. A mí, mani .

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