Reseña del libro "La roca"
Cuando en 1954 (un año antes de morir) Wallace Stevens publicó sus "Collected poems", cerró ese volumen con los veinticinco poemas que constituyen "La roca", iniciando así el “mito” del Stevens tardío: el poeta que hizo de su vejez la cima y consagración de sus dones poéticos. Pocas veces se había visto un “caso” similar; el vigor con que Stevens llegó a su vejez literaria, la frescura de su ritmo, la diversidad de sus temas, la infinita coloratura de su voz, son dones —al menos así nos han hecho pensar— que las musas reservan para la juventud. Pero ese vigor crepuscular (variaciones del “estilo tardío”, podríamos decir) no ha sido, sin embargo, privativo de Stevens en la poesía norteamericana; lo mejor de ella, de hecho, tiene a poetas que en su vejez han producido algunas de sus mejores obras, muchas de ellas francamente deslumbrantes. Una rápida enumeración confirma lo que digo: Whitman, Eliot, Pound, Marianne Moore, William Carlos Williams, Charles Olson e incluso Elizabeth Bishop han hecho de sus obras tardías verdaderos monumentos a una vitalidad poética que muchos poetas jóvenes de las más distintas latitudes envidiarían. Más que ante una excepción, estamos frente a la marca de una modernidad (la norteamericana y su expresión literaria) signada no sólo por la inmensidad de su geografía, sino también por las dimensiones de su futuro, esa utopía que requiere un vigor casi sobrehumano. A eso apunta "La roca": a ese poema de la tierra que Stevens buscó escribir incansablemente con el deseo de un tiempo que vendrá; el “sentido llano de las cosas” en “los mecanismos de pensamiento angélico”, como dicen estos poemas, es el enigma favorito de ese viejo filósofo en Roma (interlocutor directo del poeta) que sabe que “el fin de lo humano” es una de “las fuentes de la felicidad”. La presencia de esa roca que es real y mental al mismo tiempo se disuelve sin desaparecer en el agua de “el río de los ríos”, lleno de sombra y alegría. El mérito de estas versiones de Juan Manuel Silva Barandica es haber traído a nuestro idioma esa energía poética que Stevens, en una curiosa coincidencia con William Carlos Williams, buscó no “en la idea sobre la cosa sino [en] la cosa en sí”. Nuestro privilegio como lectores es acompañar al poeta en esa aventura.