Reseña del libro "Calle de un Solo Sentido"
Riedemann publica Calle de un solo sentido, esta vez intenta quizás una reconciliación entre la derrota y el pasado, una espinuda convivencia entre las miserias del presente y las evocaciones de una inocencia perdida.
Sin azúcar, por favor:
Uno de los motivos frecuentes del libro es la conciencia incómoda de un sujeto que, llegado el momento en que hasta la glucosa es un problema, se da cuenta de que no tiene certezas y sólo desea aislarse del mundo: “ni siquiera estás / seguro de haber amado a quienes / dijiste amar / pero eso ya lo has dejado / el café sabe amargo / evitas el azúcar / no se lo dices a nadie”. Sin embargo, la memoria opera como un ancla. Así, por ejemplo, la imagen oscura de la madre anciana que está sentada sobre la cama, bordando, de pronto se transporta hacia el pasado sureño de infancia: “la veo comer moras / que arranca evitando las espinas / de la murra a un lado del camino / con un brazo en cabestrillo / enyesado”.
Contra el tránsito:
Esa desolación matizada se ve también en el plano erótico, donde el sujeto cincuentón todavía no termina de recibir un feroz recado del deseo sexual (“la libido / me dijo hasta aquí nomás”), cuando los cuerpos jóvenes o unas caderas vistas por ahí lo hacen recular. El mismo título del libro alude a la idea de que vivir es seguir un camino sin razón y sin posibilidad de retroceder, aunque ese sentido único tiene a veces su escapatoria en ciertos chispazos: “podrás un día nadar a salvo / hermana / como quien regresa por una calle / de un solo sentido / al jardín de la desolada inocencia”.
Con anteojeras:
Se trata, pues, del absurdo cotidiano que impulsa a tomar o dejar de tomar decisiones que, a la larga, construyen biografías como cúmulos de casualidades irreversibles. Visto de ese modo, el mundo está poblado de personajes que se apresuran en tomar un atajo en la vida, seguros de que llegarían a buen puerto, sin más pistas que algún espejismo “traducido en el acto como dirección / obligada / pero nadie los obligó / esas encrucijadas resueltas a la rápida / movidos por un deseo obsesivo / como amantes aterrados / para arribar / a un punto perdido en el mapa / dunas / o playas sin mar”.
De las cavernas a Treblinka:
Todo ese destino unívoco de la gente, sobre el cual Riedemann reflexiona preferentemente en el ámbito cotidiano de las vidas particulares, extiende sus tentáculos también hacia la "gran historia", que pareciera moverse del mismo modo inexplicable. Cómo si no, parece preguntarse, pudo llegarse de las cavernas a una civilización llena de horror: "del mundo/ encantado a los hornos de treblinka/ a guernica/ al gulag/ a venda sexy/ que alguien multiplique los peces/ y el agua alcance para lavar pies y manos/ manchados de sangre/ dios mío".